Sentado esperaba con su bastón cargando un cigarro a la boca bien masticado que teñía sus dientes y hacía más abierta y limpia sí dispuesta a su sonrisa de viejito amigable con rodillas quebradas en el rincón donde digo y pienso y no hablo y me escucha no a mi pero a mi piel que son poros hablando de sudor y cuesta arriba aunque de descanso para tomar agua y más tarde vuelvo a sudar más agua más sed y el nativo continua escuchando pero ahora mueve los labios rompe la línea recta que envuelve el tabaco deja de lado las hojas secas enrolladas entre sí se acomodan en la comisura de los labios que llenos de sangre se hinchan modulan y mueven y llega a mis oídos el pentagrama de sonidos que sólo cerrando mis ventanas pensé escuchar mientras estos ojos bien abiertos leen esos labios mojados de saliva y ven las letras en forma de imagen de que todo está bien porque hoy está bien que sudes y tu piel se queje pero mañana vas a seguir con esa misma piel a veces húmeda a veces seca con la miseria como granos de tierra entre arrugas de tanto poner buena cara y fruncir el ceño o es que no entendés siempre lo que pasa aquí y querés qué querés qué quiero sólo sentarme en este rincón morder la hoja que tiene más hojas lanzar el humo y escuchar y que me escuche este viejito que con sus dientes de madera cada vez está más claro cada vez más humano por eso hoy me siento en el banquito y dejo que mi piel hable.
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Hoy es un día como cualquier otro. De noche. La nada es la señora de la cotidianeidad y el candelabro. Se enciende, crea vicio, se apaga. Se va. Una mano enciende la mecha de la vela que ha sido puesta en el candelabro que siempre estuvo allí.
La sombra, sin embargo titila.
Un hombre sube las escaleras. Se hace pequeño para entrar a la puertita de sombra en la pared. La luz queda fuera. El candelabro no pertenece a este mundo. En esta ratonera hay compartimentos hechos con cajas. Este hombre trabaja allí. Escribe y escribe. Alza la mirada y sus ojos, atravesando el vidrio, miran más grandes, más redondos, más de botella a estos de venado asustado.
Sólo hoy es el día de este hombre. De noche. Los brazos con dos dedos con dos ojos se comen las palabras, todo lo escrito y escrito. Succionan la puerta.
El hombre escapa. Titila y se va.
Sin embargo, el candelabro.
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Del árbol del paraíso en la esquina del patio de la cárcel se había desprendido ya la última flor en forma de trompeta que sonaba bajito.
Las demás quisieron ser instrumento pero el viento les jugó una mala pasada y terminaron víctimas de la suela gastada de alguno de esos que no se cansan de dar vueltas.
En este patio todo da vueltas siempre. Las hojitas se desprenden y alguna que otra flor la sigue.
Pies dentro de zapatos dentro de baldosas que se juntaron hace tiempo y hoy albergan tierra y hormigas.
Siempre vuelven. Los mismos hombres con las mismas letras que se conocen, viven unidas, forman palabras que luego son frases que repiten la vieja idea de seguir andando el camino ya marcado.
Son lenguas que modulan, rozan dientes y encías como las hojas olvidadas de la esquina donde nadie sabe qué tantas vueltas darán las raíces que alimentan el tronco que no da vueltas pero tiene vida.
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Cae una piedrita a los dedos que intentan descifrar su color: verde, como una hoja con peso. La grieta azul se hace negra con el tiempo, es el bolsillo donde el mineral guarda sus día a día. La boca que besa el polvo, lo traga, lo hace propio.
La forma es lo de menos. En algún momento cantó tanto que ahora está fría. Puede calentarse, nadie es de piedra. Depende al tacto y su temperatura.
Cae una piedrita a mis dedos. La de mis lugares comunes con pedregullo que los pies patean para abrir camino. Esa misma que se te incrustó en el ojo y ahora mira. Negra, de botón.
Tiro la piedrita, a ver si te acierto. Así dejo el hueco, el lugar vacío, el agujero como ranura por donde espiar.
Cae la piedra, la tiro, echo una mirada, te acierto, dejo la huella, me voy.
Sola la piedra en el pedregullo.
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