un camaleón llegó cansado y sin querer a un campo de tréboles. Sacó la lengua unas cuantas veces, mientras su piel intentaba teñirse de verde trébol. Entre las hojitas acorazonadas del suelo, el camaleón se sentó a filosofar. Se cuestionaba, por aquel entonces, si eso de la suerte era cosa de encontrar el trébol de las cuatro hojas, o si más bien el azar no existía. Entonces, sus ojos coincidían y miraban a la nube, a ver si ella tenía la respuesta. Pero, más bien la nube se disipaba, se escondía, no sabía la respuesta y se desvanecía ante tal cuestionamiento filosófico.
Entre la tierra, un poco de sombra y el paragüíta de trébol que se había fabricado el caracol, uno de los ojos del camaleón invitaba al baboso de la casa a cuestas a responder. No llegaba a ningún punto concreto.
El otro ojo del camaleón iba siguiendo el vuelo de la mariposa, mientras ella seguía a la abejita que intentaba atrapar el grano de polen que volaba libre en el campo de tréboles que se encontraba en un campo cualquiera de la isla de Menorca.
Era difícil intentar responder al camaleón. Cómo saber cuál era la respuesta correcta?
A todos los que preguntaba, sin embargo lo hacía al azar. Los iba encontrando allí mismo, en el campo de tréboles.
Eran los corazoncitos que los unían. Era el campo magnético que los atraía ahí en ese momento.
Existe el azar? Hay casualidades o causalidades? Nada más hay suerte o son sólo bendiciones? Cual es la verdad?
Estaban allí el caracol, la mariposa, la abeja, los tréboles, la nube que se había esfumado y el camaleón con la pregunta en la lengua hasta que apareció un gusano verde con muchas patas. Todas iban siempre al mismo sitio y no era casualidad. Iban guiadas por esos dos ojos negros incrustados en el cuerpo semi duro del gusano del campo de tréboles.
A él lo atrajo la curiosidad. Sabía que la mariposa había enfilado hacia el ala norte del jardín y él quería saber también qué pasaba de ese lado del campo.
El azar es todo aquello que la razón no puede explicar, dijo. Aunque más bien sentenció y huyó nuevamente hacia su rincón, del lado este, desde donde veía salir el sol casi todos los días.
Una hormiga pasaba por allí... hacía siempre un recorrido distinto. Iba, decía ella, en busca del trébol de las cuatro hojas. No decía creer mucho en la suerte, aunque le hacía ilusión encontrar aquel paragüítas de cuatro puntas. Quería encontrar aquel trébol diferente a sus hermanos, aquella ramita que casi-casi resulta una utopía, un sueño, una leyenda casi su existencia.
Iba como quien dice, en busca del oro del Dorado, la tierra sin mal, a ver si algún día había suerte y lo encontraba.

Resulta que al patio llegó toda la gente. Cada cual quería explicar su historia, vender su teoría, proponer hipótesis o comparar resultados.
En eso, llega la piedrita al barrio queriendo dar su opinión. Dijo que ni la suerte ni la esperanza existían.
Hay un pájaro que mira desde la piedra, detrás del matorral, de reojo con un solo botón mirando y las plumas negras y verdes. Los tobillos queman, se decía y tocó entonces tierra.

que es el azar? y todos ustedes se preguntan? el azar no existe y si. es la contradicción, la paradoja de la vida misma, el 'ser o no' que hasta en la sopa. el azar está en la mente. como casi todo. como todo en realidad.

la mente es como una buena idea a la que no hace falta tocar mucho ni pensarla demasiado. es nomás. y con eso basta. todo pasa y todo llega y todo vuelve cuando pokovi como paraguayos que somos queremos meter el dedo entre la cuerda al hacer el nudo. a ver si así no me olvido que eso del azar es relativo.

como el jardín que piso, la hormiga que me mira con esos ojos negros salidos como si fueran dos aceitunas negras muertas. tan ricas. tan hormigas. tan como no soy, yo hipocampo alado que juega a vivir con aire en un mundo lleno de humo.

- piensen lo que quieran, total el jardín se acaba; dijo para concluir. el pasto se mecía como jugando al ping-pong, pronto un zapato vendría a hacer rodar nuevamente la piedra, el pajarillo sabía que debía volver a su agua.