Los dedos iban enfilando los pins. Los había ido capturando en cada viaje, cada aventura. Cada tienda de cd’s y discos de vinilo. Otras calles, otros vendedores con otros dedos que afilaban con tanta dedicación como los suyos.
Johnny quería ser cantante y, para ello, estaba sacrificando su gran –y única- colección de pins o chapas, como él las llamaba.
Ya de niño, Johnny siempre tuvo una especial habilidad con los instrumentos musicales. Primero fue la flauta dulce, luego una armónica, el piano de la tía-abuela que no escuchaba bien y le dejaba tocarlo cuando quería. Llegó el tiempo de las maracas, el dyembé y la guitarra clásica. Pero ahora su sueño, y todas sus energías, estaban centradas en esa guitarra eléctrica de la tienda del barrio bohemio donde iba a vender sus chapas; justo al lado de la boca del metro.
Esa noche, su vida ciertamente daría un giro existencial. De esos que los aprovechás o los dejás pasar y tenés que esperar –casi, casi- la vida misma, para volver a estar tan cerca de hacer cumplir tu sueño.
Johnny (de unos 20-25 años, alto, tez blanca, pelo castaño, algunas pecas, nariz que denota carácter y marcan la personalidad, delgado y de labios gruesos, vestido con una chaqueta beige de corderoi, unos jeans gastados y una boina color mostaza), tenía una técnica de ventas para atraer a los transeúntes hacia su humilde puestito hecho de una caja de cartón cubierta por una tela negra. Entre el murmullo de la gente en las terrazas, de los tacones que bajaban y subían las escaleras de la salida del metro y de as conversaciones en otros idiomas... un punteo seguro y pausado resonaba.
A las 4-5 personas que estaban escuchándolo, se les sumó una chica pálida, de pelo corto, ojos grandes y vidriosos que lo miró fijamente. En realidad, miraba fijamente los dedos que hacían el punteo. Luego, subió la mirada y las matas de pestañas negras subieron con ella para clavarse en los ojos verde olivo de Johnny. Las cejas tupidas de Johnny se erizaron –unos tres segundos-, pero fue suficiente para darse por perdido, atontado, herido profundamente y mortalmente por esos ojos almendrosos, brillantes: dos cristales refractando vapor lo miraban. A él claro, no había duda.
Detrás de la chica, un productor musical lo escuchaba atento.
Al terminar, el productor hizo un intento de ir a hablar con Johnny, pero la chica le ganó terreno y se adelantó con una pregunta tonta que sólo buscaba romper el hielo y entablar conversación.
El productor miró su reloj, el nombre de la calle y pensó que ya volvería más tarde.
Esa fue la última vez que vieron a Johnny en ese lugar.
La vida de Johnny se precipitó raudamente hacia una locura de viajes, vida nómada y vagar de ciudad en ciudad, de vagón de tren a estaciones de autobuses, siempre siguiendo a la chica de los ojos afiebrados, labios carnosos y calientes, que iba en busca de la eterna sanación, sin saber exactamente cual era su mal, pero teniendo siempre la temperatura elevada.
Johnny la despidió finalmente en la India, en Varanassi, al borde del río Ganges, cuando él mismo cerró las ventanas –ahora frías- de Marga.
Vagando sin rumbo fijo, pasó luego de varios años por la calle de esa ciudad, donde solía intentar vender su ahora perdida colección de pins. Se encontró con un hombre barbudo, de pelo naranja, que al verlo lo reconoció. Hablando le comentó que varios días después de Johnny desaparecer, estuvo preguntando por él un productor de música. Parecía muy interesado en ese momento, pero al cabo de un tiempo se dio por vencido.
A Johnny le quedaba aún una manera de cambiar su vida, pero estaba sencillamente agotado de haber entregado todo, de haberse desapegado de tantas querencias y afectos que sólo consiguió cerrar los ojos y acalar así el diálogo –o más bien- el griterío interior de sentirse estar presenciando en ese momento el juicio a él mismo, juzgado por él y presenciado por otros tantos Johnnys, que sólo lo apuntaban con el dedo índice. Cerró los ojos y va: silencio.
El tipo no habló más.