- se habrá estropeado, pensaba ella, no entendiendo cómo podía ser. Empujaba hacia delante, atrás, un poco arriba, ahora abajo.
Era como si el mundo entero se volvía en contra de Mariajosé y lo demostraba, de forma gráfica, con el sencillo acto de no abrirse la puerta circular del honrado lavarropas. Invento de la primera mitad del siglo XX que aportó menor trabajo y más horas libres a las mujeres. Pensar que, hasta entonces, se reunían a lavar las ropas en los puestos. Los niños jugaban. Eran quienes más gozaban siempre.
Todo esto y más pasaba por el pensamiento agotado de Mariajosé. Sus ojos reflejaban el escaso blanco de las únicas sábanas que tenía, vistas detrás del vidrio empapado y redondo. Era el día y sus sábanas no serían usadas para aquel fin primero, más sueño que realidad.
Se ocupaba de dar los pasos correctos, que la acercaran al por fin! El chico de la biblioteca, de mirada por encima de los lomos de los diccionarios, con quien se había topado en algún que otro pasillo de más: por fin!. Habían quedado y las sábanas eran lo obligado. Por si, claro...
De haber vivido en la edad media, cuando llegar a los 30 era ser viejo, Mariajosé ya habría tenido varios hijos. Habría sido considerada una mujer hecha y derecha, en vías de ser abuela o morir, quien sabe. Ella estaba ahora, a inicios del tercer milenio, postrada ante la gran máquina madre lavadora de todos los tejidos nuestros de cada día.
Un ojo seguía reflejando los pliegos de sus sábanas, detrás de la puerta maldita que impedía a Mariajosé alcanzar su sueño.
Pensaba entonces...¿y sin sábanas? Después se olvidaba de esa locura! No concebía ninguna posibilidad sin sus aliadas. Pensaba en sus sábanas, mirándose al espejo, reflejada desde el vidrio de la ventana de la habitación. Escuchaba a Michael Galasso. Ya fumaba un cigarrillo y se probaba las pantuflas chinas color rosa. Continuaba desconcertada. Las horas iban pasando y ella sin creer en que el tiempo existiera.
Iba y ponía el arroz a dejarse hacer. Iba entonces al lavadero y volvía a insistir con la bendita puertecita redonda de cristal y plástico alrededor. Volvía a intentar, ahora de forma cariñosa, y la puerta no quería, no se dejaba, no iba a abrirse de ninguna manera. No luego.
Entraba otra vez a la cocina, a vigilar el arroz, esperar que se haga solo, ayudarlo a hacerse, la mirada puesta en las burbujas blanquecinas de almidón y sal.
Sus pasos ahora se dirigían firmes hacia la máquina de lavar ropa. Bendito el día que la inventaron, a quién se le ocurrió hacer una puerta así, porqué la traba y no mejor abierta a lo que pueda suceder?
A todo esto, las sábanas seguían impávidas. No se movían. El arroz seguía hirviendo, entretanto el agua, cada vez menos, era en los ojos llenos de Mariajosé.
No entendía bien si karma, designio, crimen, castigo, o simple de gratis nomás?
Cae de maduro que podría haber actuado de tantas otras formas, aunque no habría sido Mariajosé.
Sólo podía mirar fijo y no entender, y quedarse esperando a que algo pase y el arroz se hiciera sin pasarse y la puertita se abriera y las sábanas salieran y se extendieran y se secaran y Mariajosé dejó de llorar. Dejó de mirar. Dejó al arroz hacerse a su antojo y a las sábanas dormirse en el vientre metálico y partió.
Sus pasos se detuvieron frente a la gran chimenea del barrio. Esa donde iba a esconderse siempre que dejaba de mirar.
Sus manos fueron trepando por el oscuro tubo negro y, lentamente, Mariajosé dejó de verse. Se perdió. Y no bajó más.
De verdad.

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