Nací del lado del mundo donde la tierra es colorada. Podría decirse que es roja, pero allá es colorada y ese es el color. Y así me pongo siempre que me suben los colores, pero no viene ahora al caso. Sí, doy muchas vueltas. Siempre pienso que lo que creo es lo que es y lo defiendo a muerte. Siempre creo ver las cosas que van a ocurrir y la vida se encarga de demostrarme cuán lejos estaba de la realidad. Siempre uso la palabra siempre y se, desde siempre, que no hay nada que sea así.
Hace poco hice un descubrimiento que valió por todo lo que podría haber aprendido durante la vida. Leí que “lo único que permanece constante, es el cambio”. Curioso... Hubiera tenido mis dudas, habría intentado negar esta frase, tratar de descalificarla al menos. No. Me sonó a verdad y las verdades suenan a eso: a una piedra clavada en la tierra, y queda allí: para siempre.
Noe es mi nombre. Antes no me gustaba, ahora lo voy entendiendo un poquito. Noe, como el del arca, pero sin el acento. No es Noé, sino Noe. No es esto, no es lo otro. Noe. No me gustaba nada dar explicaciones. Si es tan corto, tan fácil, tan tan, que no es nada de lo que intentan decir. Tanto negar las versiones de mi nombre creó en mí una constante: la negación. Sólo que recién ahora lo veo claro.
Antes, sin embargo, era luchar contra la afirmación de la negación. Iba, en todo caso, negando rotundamente aquello que no era, pero no terminaba de afirmar aquello que claramente sí. Se que doy vueltas, me enrollo como un caracol, aunque toda la vida quise ser una hormiga. Pero dejemos por ahora a los insectos en el jardín.
Nací en mayo, con la Luna y el Sol en Tauro. Esto quiere decir que de las tozudas y obstinadas: yo. Siempre que quiero algo lo consigo. Aunque no sea nada, por más que esté equivocada, incluso si viera que me voy a dar de cabeza contra la pared: arremeto con todo y contra todo. De hecho, siempre dije que aunque los gusanos sean marrones, para mí son verdes SIEMPRE. Y es así.
Salí de la panza de mamá cuando quise y, si bien luego pretendí volver a entrar, ya era tarde. Llevo, por eso, toda la vida intentando volver, haciendo este viaje de retorno al vientre, a ese momento de absoluta totalidad. El todo se convierte en el entorno. El alimento es un todo que viene dado, y la oscuridad y la sensación de estar suspendida, y el silencio y los instantes, son totales. No hay termino medio cuando una es un embrión. Todo es mayor y supera lo pensado. De hecho, no se piensa mucho. Se siente totalmente.
En el instante de salir y desear volver atrás, el tiempo moldeó mi carácter y temperamento: desde entonces fui rebelde, por la sencilla razón de serlo. Casi no respiro por llevar la contraria. Cuando dejaron de darme palmadas, ya un poco agotados, di un largo respiro que les dio a todos un gran alivio. Desde entonces soy así: una contradicción. Un opuesto a lo opuesto. Y, si la negación de la negación constituye una afirmación; pues ratifico aquello que niego, es decir, aquello que no afirmo.
Aprendí exactamente aquello que no deseo, deseándolo. Si de niña quería la guayaba verde, enorme, del guayabero; pues no la quería, por eso la deseaba y saltaba hasta conseguirla y darle el mordisco que la sentencie a una muerte lenta y dulce: exótica. Para querer de verdad a los perros, no los quise, para así quererlos realmente. Y para desear estar mañana pensé mejor no esperar estar hoy del todo. Fui así negándome, hasta dejar de verme por completo. Pensaba que así, ciertamente me vería.
Comenzó relativamente pronto. Tenía 7 años, estaba en el patio de casa jugando en el arenero con las hormigas y sus hojitas. Ya entonces me interesaban los primeros planos, esos del detalle, de ver en mayúsculas o a través de una lupa. La del abuelo era ideal. Tenía una de esas lupas chiquitas, de coleccionista de estampillas. Iba persiguiendo el camino de una hormiga, hasta que quedó impávida en medio recorrido. La luz que atravesaba la lupa le dio de lleno y la hormiga acabó en un humito que nubló la visión del cristal. Lancé un NO tan fuerte que, en ese momento, dejé de ver mis rodillas. Fue un flash, un parpadeo.
No tenía las palabras ni el conocimiento adecuado para explicar aquello. Sólo se que, con cada NO categórico e irrevocable, las partes de mi cuerpo se diluían e iban desapareciendo. Luego volvían. Negué todo aquello, dándole más fuerza a la idea. Había un problema, sin embargo: la dirección. En aquel momento era sencillamente imposible considerar no ver para ver. Diseñaba entonces, grandes maquetas de lo que veía. Y de lo que no, también.
Para los 17 años estaba ajustando las piezas que moldearían mi ideario particular y su negación. Habían planificadas escenografías de la negación de todas las posibilidades realizables. Negaciones contundentes, negaciones piadosas, negaciones físicas y emocionales. Negación singular y negaciones en conjunto. La negación disfrazada de pez volador, la negación hormiga. La regular, recurrente y obsesiva. Las iniciáticas y las de toda la vida. Negaciones por antonomasia y originalidades.
Luego de la rebeldía punk y el culto al negro, a mediados de los noventa y en pleno minimalismo, casi dejo de verme. En algún momento, entre el arenero del patio de casa y mi boina negra abombada, aquel espacio ciego dejó de ser amigo y se convirtió en formas y maneras de darme golpes a la cabeza. Empezó una etapa dura, de pesadillas y despertares violentos, de verme rodeada de hormigas chiquititas y malvadas que me comían la piel. Varias veces me encontré a las tantas de la madrugada, saltando de la cama y ver sobre la sábana un manchón negro de hormigas que habían salido quién sabe de dónde.
Fui al casino, a jugarme la suerte, a ver si cambiaba mi destino. Negué a las hormigas e intenté no odiarlas para odiarlas y les deseé vida eterna, cuando lo que de verdad imploraba era que se fueran de mi vista para siempre. Frente a la ruleta, jugaba al negro cuando pensaba que tocaría el rojo y salía rojo porque, en realidad, yo no veía el negro en absoluto. Mis picaduras eran cada vez más rojas, como ojos rabiosos, que salían por los poros y veían nublado, porque no veían lo que en realidad veían.
Me gustaba el chico que sabía que no me gustaba. Por eso me gustaba. Y pensaba que le gustaba por eso no le gustaba: para gustarle. Una noche, un agujero se me abrió en el estomago y, desde entonces, quedan remanentes. Una fina red, como la tela de alambre de la puerta de la cocina de casa, que separaba a las moscas de mi cara pegada al vidrio, dejaba pasar un poco de luz, otro poco de oscuridad.
Estaba hecha un lío. Era yo misma una confusión, un ver y no ver, pero creer de verdad que veía lo que no y que no lo que sí, y podía ser que tal vez no viera del todo lo que realmente veía, pero en realidad veía cuando dejaba de ver tan claramente. Por eso, era necesario verlo primero, aunque no creérmelo del todo. Empecé entonces a rumiar.
Rumiaba letras, palabras, frases enteras. Conceptos e ideas. Filosofía barata y la de supuesto vuelo. De esas de pollito desplumado que se cree lo que el pavo real, y sigue siendo un simple pollo con plumas, diciendo unas cuantas barbaridades a tono de mando y distancia. Nunca me lo creí del todo. Por si acaso. Sin dudas, es lo que finalmente me salvó. El no creérmelo nada del todo. No sea que fuera lo contrario. Por eso tuve fe en el descreimiento, en el despojo de todo pensamiento.
Me volví obsesiva, pensando que era así: ya no podía cambiar mi eterna negación del ser. Negaba estar presente y deseaba ser ausencia, a ver si así sentía el momento actual. Cada beso de cada chico me parecía no real, de ficción: un sueño.
Haciendo encuestas perfeccioné el NO. Todos los días, hombres y mujeres, niños y ancianos, gordos y flacos, lindos y no tanto: todos me negaban. El NO era la constante. No tenían tiempo para la encuesta, no podían en ese momento. Iban con prisa y yo les estaba negando el paso, o simplemente NO querían hacerla.
Empezó el efecto contrario. Los pies comenzaron a hacerse cada vez más pesados. Mi ombligo creó una piel más dura y la garganta a veces parecía ser doble. Al querer escribir los nombres de los encuestados, el lápiz escribía doble, la plancheta pesaba más y la voz resonaba en un eco absurdo. Mis pestañas se abultaban y era, creo, lo único que agradecía de esa situación. Dejé de ver que no me veía y eso me alertó. No veía lo que, de hecho, siempre dejaba de ver. Todo se volvió cada vez más granuloso, como una siesta en el campo, en 8 mm, de punto reventado y cámara lenta.
Me estaba convirtiendo en un caracol con la casa pesada, pesadísima, de falsas piedras y baba. Mucha baba. Mi sello fue, en ese tiempo, las almohadas babeadas. Los sofás, almohadones, mantas y sábanas no se salvaron. Todos pasaron por esa etapa húmeda en mí. Quería pensar que no era un caracol, pero no lo soñaba y era esa la contrariedad. Si lo soñara, tal vez dejaría de ser real.
Fueron tiempos difíciles, de salir de casa, dejar el hormiguero, cargar con mis cosas, unas sábanas, toallas, llevar libros y cuadernos conmigo. Continué con las encuestas. Se convirtieron en mi alimento. De allí pasé a las encuestas por teléfono. Cada NO confirmaba mi pesadez. Seguí deseando al chico que no me miraba. Tal vez así sí que lo hacía, aunque no me diera cuenta. Conseguía estar con ellos y los negaba como paso siguiente. La soledad era compañía e indicaba lo acompañada que estaba. Estaba conmigo para no estarlo y no lo estaba, a ver si así me encontraba.
A los 30 años negué a mi familia (la que quedaba por negar), refuté a todo aquel que pudiera o quisiera llevar la contraria, cargué mochila, unas galletas para el camino y me largué. Dejé casa, calles, su gente y sus sombras, crucé la frontera y mantuve firme el deseo de negar la huella, que no se viera mi paso. Crucé el charco no un día como hoy, sino como cualquier otro día.
Hace un tiempo ya que me niego a viajar tan frecuentemente como antes. En cada sitio donde estuve me busqué y reinventé. Aunque, de todas las cosas, aquello que nunca pude negar fue la luz. Sí es cierto que había oscuridad, pero seguía siendo la negación de la luz, por lo que no entraba en contradicción con mis leyes del no. Viajando trabajé de camarera, otras haciendo camas en los hoteles, hasta que salté a las venas del milagro de la luz. En parte por esa curiosidad de niña, en parte por la simple gana de negarlo y destruirlo todo, para luego volverlo a unir. Me adentré entonces al oscuro mundo de la electricidad. El mono azul era el uniforme y el resto de mis colores continuaban en esa gama.
Trabajando con la luz, comencé a estudiarla, a saber de sus procesos, orígenes y maneras de ser. El cuerpo terminaba muchas veces electrificado, saturado de cargas energéticas que hacían que salieran chispas de todo lo que tocaba. Por otro lado, inicié un contacto con la fuente misma de energía.
Hablando un día con un chino simpático que vivía con la mujer y un gato negro en casa, me comentó sobre el vínculo entre los elementos, donde cada uno es madre del otro. Frente a una taza de té rojo, papel y lápiz, el chino dibujaba letras chinas en un mapa circular. Me explicó cómo la Madera es madre del Fuego que es madre de la Tierra, quien es madre del Metal, madre a su vez del Agua. El Aire es la energía que recorre las venas de esta espiral, y yo lo asociaba a los cables de colores de las paredes enmohecidas de la casa del buen chino.
Llegó entonces el chico del Agua, que no bromea nunca. Lo conocí allí, como una sombra china entre los acordes orientales de la caja de músicas del dueño de casa. Me parecía absurdo que no bromeara nunca, que siempre se lo tomara todo tan en serio, como un vaso bien bebido de agua impávida.
Una vez coincidió que trabajamos en la misma pared, él con las tuberías y yo con los cables, teniendo cuidado de no cruzarnos. Éramos como dos imanes, intentando unir los mismos polos en vano. Había una barrera invisible que nos expulsaba. El lugar era pequeño. La pared separaba la cocina del comedor y nosotros metidos allí. En eso, la pintura vieja de la pared cae y comienzo a leer lentamente la frase: “lo único que permanece constante, es el cambio”.
Mis piernas temblaron, como si una descarga circulara por ellas. Tambaleé y estaba cayendo en cámara lenta cuando el chico del Agua que nunca bromea, llevando su mano a mi cintura, giró conmigo en sentido contrario a las agujas del reloj y algo ocurrió! Se abrió un paréntesis, unos puntos suspensivos, un espacio en blanco: una elipsis. El tiempo se mantuvo en suspenso. La pared y el resto de la casa se convirtieron en un enorme panal de abejas y, nosotros, en uno de los pequeños hexágonos, dejamos de ser imanes con polos opuestos para ser lo contrario.
Me miró y lo miré y todo parecía ridículamente ridículo. Vi lo fácil que era cambiar hacia la afirmación, hacia la broma, hacia lo ridículo y vivo. Hasta ese momento yo me hallaba en lo estático y estructurado de mis negaciones. Ridículo sonaba para cualquiera esta extraña filosofía de vida inventada. Sin embargo, para mí era la pared estable, blanca y muerta que me sostenía, que hacía de máscara y barrera, detrás de la cual me escondía.
El chico que nunca bromea se lo tomó todo con una risa imparable. Era mi reflejo, se convirtió en un espejo ridículo donde me veía aparecer. Contenía mis pensamientos más absurdos y tontos, decía las frases que hubiera negado, afirmaba mis negaciones, las bebía a sorbitos, o las escupía como un chorro fresco de agua a la cara.
Ciertamente nada volvió a ser igual. Ya ni siquiera digo normal, pues nunca lo fui, ni se qué exactamente significa esa palabra. Des-negando fui desatando los nudos que con tanta dedicación había atado en el pasado. El Agua nos siguió uniendo al chico que antes nunca bromeaba y a mí.
Los baños por la tarde en el mediterráneo azul eran verdaderos viajes. Nuestro saludo inicial, de cada encuentro ritual, era girar abrazados el uno al otro, en sentido contrario a las agujas del reloj. Y la magia volvía, una vez más, a producir el paréntesis donde quedábamos suspendidos.
El Agua me llevó, en sentido contrario, al contacto con el rayo de Luna metálica. Tirada en la Tierra, sentí deseos de volver a mis principios: mis bases. El Fuego descansó sus llamas en la Madera de mi piel. Todo se volvió claro. El hijo hacía el viaje de retorno a la madre. Los elementos iban de atrás adelante.
De pie y frente al espejo de siempre, el que me vio llegar, negar, hacer la luz, cerrarla, volverla a descubrir, ya no niego tanto. Río más de mí misma, y con la mirada puesta hacia delante: no temo. Tengo el billete de vuelta: a mi tierra colorada, a sus raíces, al barro que amasa mi madre, a sus pies que impulsan la rueda que moldea las piezas de alfarería de su tienda en Tobatî.
Hoy lo guardo de recuerdo. Este pedazo de papel me unió a mi centro. Me trajo hasta aquí. De este lado del mundo, veo a mi madre hacer sus vasijas. Tirada en el pasto, tomo una hojita y la saboreo. La muerdo, y juegan la lengua y el pastito a hacerse cosquillas. Y acercando el oído, espero a sentirlo. A ver si susurra historias, otros cuentos de otras hormigas que hayan hecho otros caminos y que, como yo, hayan descansado un día cualquiera, como hoy, a sus pies, entregándose al sólo acto de escucharlo crecer, hacerse grande, tener las rodillas fuertes y comenzar a andar.

Noe. Desde Tobatî, a punto de primavera.