Hay que escribir la palabra para que sea leída, para que sea recordada.
Hay que dibujar la letra mentalmente. Cada curva, su línea y lo que contiene.
Se que el lápiz llama al papel, la mano busca acomodo, las palabras están todas esperando. Y se quedan ahí: en el intento.
Finalmente salen torpes, igual a cuando se enroscan en la lengua y salen sin fuerza y semi escupidas, un poco escurridas, sin la carga habitual de vida.
La palabra va acompañada aunque sola.
Mis palabras quieren llegar solas e irse. Tocar al oído y marcharse. Que no hayan sombras, que con las nuestras nos bastan.
Salen mis palabras y hay más escuchas de lo pensado. Entonces son inseguras. Tiemblan a cada vocablo y yo, sin poder hacer nada, simplemente me escucho.
No se puede dejar fluir e intentar dirigir el aliento. O se entrega o continuamos marcando el paso.
La casa se impone y aquello aprendido mal, del principio, es nuestra gran sombra. Cómo sacarnos la sombra de encima. Cómo amarla, re-educarla. Si mi mano ahora escribe aquello que ya no está bien -porque nunca lo estuvo- cómo hacer que hoy escriba lo correcto.
Recuerdo mis pasos por aquí. Recuerdo mis sin alientos de subir escaleras, pensar el deseo, intentar recobrar el aliento, la gotita de sudor que se escurre por debajo de la teta blanca-luna que el nene toca y desea como a una manzana. Llega entonces la gotita al ombligo y el deseo ahora es llegar yo también allí.
El ombligo de mi mundo lo llevo dentro. Borrón y cuenta nueva, mientras pienso en algo más que escribir, alguna excusa que me una a este corredor. Una palabra, una frase, que haga a mis pies detenerse un momento más. sólo uno. Como el deseo. Como yo. como siempre.
La hora pasa. Yo sin embargo, me veo hoy como hace meses, sentada en el banco esperando a que pase la carroza, el trompetista guapo, aquel flautista que me dedique unas notas, un acorde. Uno, sólo uno.
Uno que dure este momento. Uno que no pase el tiempo y sí. El uno de no tocar suelo, de ir acariciando las baldosas, del casi-casi.
Me voy. No viene el taxi ni la gente sale de sus despachos ni a mi me pertenece este banco.
Una puerta amaga, pero se que a mi no. Conmigo no.
La gente no sale de sus despachos.
Yo hace rato que me fui.

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