El ovillo iba y venía mientras el gato con la mirada seguía atento el serpenteo de la lana siendo tragada por las agujas, convirtiéndose prontamente en tejido, de la mano de Mika. Le gustaba más guardar piedritas. Las que juntaba en la orilla al lado de esas ya mayores, desgastadas de tanta erosión y golpe de olas. La mejor canción llegaba de los pies escurriendo la arena mojada, clavando huellas que luego la espuma degustaba con cada lengüetazo a la costa.
Mika-junta-piedras-tejedora-de-suspiros parece un erizo hinchado cada vez que en sus ojos se refleja ese punto blanco y redondo como un farol de plaza que es la luna de ese lado del planeta azul. sin embargo, casi toda historia comienza en esa casa de infancia.
La de los buenos recuerdo. La de los rincones solitarios y el amigo invisible. Mika conocía cada árbol y sus ramas, cada teja del techo, las baldosas y hormigas del jardín. Todos eran buenos días montada en una bici o callejeando por el barrio. Como gran experta científica veía la hoja arder y echar humo bajo la inquisidora mirada agigantada de una lupa. Eran días de sorpresa y descubrimiento. De gatitos inocentes persiguiendo la pelusa al viento, dando zarpazos, demostrando agilidad e ingenio. Leía como grande libros para pequeños, aprendiendo el nombre de aves que luego veía volar o descansar bajo alguna sombra. Sólo había prisa para terminar de comer y seguir jugando o preocupación porque a sus juguetes no les pasara nada mientras iba a juntar piedritas al mar. Si hacía sol, al agua iba. Algunos dicen que todo tiempo pasado fue mejor.
Entre punto y lana pasa el tiempo para Mika. Abre frascos, llena estantes y cierra canastor. Pero recuerdos así llenan los bolsillos de Mika, quien luego generosa, los esparce como pipas a las palomas.