Sin embargo, el candelabro.
Hoy es un día como cualquier otro. De noche. La nada es la señora de la cotidianeidad y el candelabro. Se enciende, crea vicio, se apaga. Se va. Una mano enciende la mecha de la vela que ha sido puesta en el candelabro que siempre estuvo allí.
La sombra, sin embargo titila.
Un hombre sube las escaleras. Se hace pequeño para entrar a la puertita de sombra en la pared. La luz queda fuera. El candelabro no pertenece a este mundo. En esta ratonera hay compartimentos hechos con cajas. Este hombre trabaja allí. Escribe y escribe. Alza la mirada y sus ojos, atravesando el vidrio, miran más grandes, más redondos, más de botella a estos de venado asustado.
Sólo hoy es el día de este hombre. De noche. Los brazos con dos dedos con dos ojos se comen las palabras, todo lo escrito y escrito. Succionan la puerta.
El hombre escapa. Titila y se va.
Sin embargo, el candelabro.
